El sol me trae paz servida en copa de humo
en medio de la ciudad es sano
salir al parque
sacar a pasear los ojos
silenciar el paso de los días
siendo sueño no es tan malo
mirar en el abismo
ser pasajero en vida
ser pajarona en calma
que nadie sepa nunca
que entre yo y yo hay un secreto
que entre rimas me contesto
dimensiones extraviadas en conservas de despensa
la risa está en los detalles
pero atento si lo encuentras
es posible tropezarse con un cuento en la vereda
viernes, 6 de septiembre de 2019
Viernes Santo
Vivo en un siglo de carne
dormido entre lágrimas tristes
despiertan las risas un viernes
en calles gigante gentío
derretirse en pieles ajenas
callarse la labia
taparse oídos
fiesta equivale a roca
piedra molida en ano partio
Perdóneme las molestias
es que no cesa este vacío
sedienta la calle sola
sed de bondades
sed de sencillos
me guardo el derecho de rabia
en la moral de mi bolsillo
dormido entre lágrimas tristes
despiertan las risas un viernes
en calles gigante gentío
derretirse en pieles ajenas
callarse la labia
taparse oídos
fiesta equivale a roca
piedra molida en ano partio
Perdóneme las molestias
es que no cesa este vacío
sedienta la calle sola
sed de bondades
sed de sencillos
me guardo el derecho de rabia
en la moral de mi bolsillo
Bolero desencanto
Desencantarse cantando boleros
Un domingo por la mañana
Puede ser a toda hora
Que la fiebre te tome por sedienta
Ardor de fuegos paganos
En la cabeza gigante
De ceder y ceder los sueños
En el espacio de la risa
Cuando quiero quemarlos a todos
En iracunda performance
Duelen los pies de tanto andar
Tentando a los astros
¿Hasta cuando?
Pregunto al cosmos
¿Hasta cuando?
Un domingo por la mañana
Puede ser a toda hora
Que la fiebre te tome por sedienta
Ardor de fuegos paganos
En la cabeza gigante
De ceder y ceder los sueños
En el espacio de la risa
Cuando quiero quemarlos a todos
En iracunda performance
Duelen los pies de tanto andar
Tentando a los astros
¿Hasta cuando?
Pregunto al cosmos
¿Hasta cuando?
Paisaje urbano
Nace el rito al sol
En la noche de la luna
La magia ser hereje
Siempre fuma en la penumbra
Diabla cual santurra
Cual pastero nariz polva
Se refugia en una esquina
Del retrato de la pobla
Nadie dice algo
Y sin embargo es pa’ la risa
La virgen fuma smog
Cada mañana en Bellavista
Vistiendo de cemento
El wallpaper de Santiago
El progreso santifica
Al verdugo y al esclavo
Alguien dice nada
Por miedo a sonar tonto
Así nació pantalla
Cual remedio pa’ los sordos
Sucede que es extraño
Las palabras se extinguieron
Ni una vale más
Que colección de ceros
Por eso siempre huele
A morfema en la cocina
Escribo en la sangría
Mientras hierve la rutina
Anoche se metieron
Sílabas entre mi almohada
Y amanecí tociendo
Poesía en la mañana
domingo, 11 de marzo de 2018
El hormigólogo
Era
una calurosa tarde de verano cuando el hormigólogo salió de su casa. Se dirigía
a Santiago para hablar con el Intendente Regional. Había estado esperando este
encuentro hace muchos años. Intentar hablar con los políticos es una cosa terrible,
pero lo había conseguido y se sentía radiante. Desde hace cuarenta años que era
hormigólogo, un oficio que ha quedado en la sombra de este mundo motorizado.
Hace muchos siglos el ser humano, queriendo satisfacer su natural deseo por
conocer todas las cosas, comenzó a desarrollar la hormigología como una ciencia
culta. Los conocimientos se fueron transmitiendo de boca en boca, a través de
los relatos de viejas curanderas del noreste asiático quienes, abriendo sus
achinados y rugosos ojos, instaban a los más jóvenes a seguir descifrando a
esos pequeños seres. Decían que conocían los misterios del mundo y que algún
día, cuando aprendiéramos su lenguaje, íbamos a entender muchas cosas y, quién
sabe, ¡hasta podríamos alcanzar la iluminación! Muchos siglos pasaron, aún
algunos más y no se sabe en qué expedición estos conocimientos llegaron al
nuevo continente. Así, en un pequeño pueblito artesano llamado Pomaire, vive un
hormigólogo, el último del país, me atrevo a decir, quien ahora mismo va
dejando su pueblo a pie para llegar a las calles de la ciudad de gentes
esquivas. No se siente agotado a pesar del denso calor que el sol derrama sobre
su canosa cabeza de viejo humilde. No se siente dichoso, pero sonríe.
-Tome
asiento, el Intendente lo atenderá enseguida-
La
oficina en la que ahora estaba tenía una decoración muy elegante, se notaba que
cada objeto había sido limpiado esa misma mañana y, de seguro, se volverían a
limpiar la mañana siguiente y así hasta que la mucama enfermara y tuvieran que
contratar a una nueva que no sería tan dedicada para limpiar como para seducir
al Intendente con sus carnosos muslos.
-Usted
es el famoso hormigólogo, un gusto-
Le
dio un apretón de manos de esos apurados, de esos que te dejan con la sensación
de que tienes pocos minutos para poder decir lo que vienes a decir pues hay
otra cosa más importante que se debe hacer y tú solo estas siendo un jodido
obstáculo en un juego de videos.
-Muchas
gracias por su tiempo, Intendente. Hace muchos años que esperé el momento para
poder hablar con usted y comunicarle algo muy importante. No sabe la angustia
que tengo, yo… -
-A
ver, hombre, no me haga esto más dramático. Sus cartas dicen que usted se
dedica a estudiar hormigas, ¿estoy en lo correcto?-
-Sí,
señor. Está usted en lo correcto-
-¡Qué
simpática ocupación! No pero enserio, ¿Dónde estudió esto usted? ¿Es alguna
tradición familiar? O ¿Es que acaso pertenece a una tribu?-
-Es
un poco de ambas, señor. Pero aprendí el oficio directamente de mi abuelo. Él
solía ser un hormigólogo de gran renombre en el pueblo del que provengo, se
dedicaba a sanar a los enfermos. Ayudado por los secretos que las hormigas le
entregaban acerca de la tierra y la arcilla, hacía friegas milagrosas que
podían levantar al enfermo más grave de su lecho de muerte-
-Impresionante,
supongo. Las personas siempre encuentran la manera de ver la magia en cosas tan
ordinarias como la tierra. Pero bueno, ¿qué me viene a decir? Tengo una reunión
en unos minutos y bueno… ¿Qué hay en ese bolso que trae ahí?-
-Verá,
señor. Traje conmigo a mis hormigas porque hay algo que debo comunicarle… Verá,
las hormigas tienen un sistema de organización magnífico ¡El mejor del mundo!
Diría yo. Ellas residen en las profundidades de la Tierra, por esta razón son
algo ciegas, por la oscuridad que las cubre día y noche. Sin embargo,
encontraron la manera de comunicarse y construyeron túneles e idearon un
sistema político admirable a través del cual decidieron ponerse a trabajar día
y noche. Una actitud muy humana, diría yo, señor. Una actitud que me inquietó
desde el primero momento que la vi-
-Ya,
pero hombre esto se sabe. Cuénteme algo que valga la pena, por favor-
-Bueno,
avanzaré, señor. Verá, esta actitud podría tener un sentido, un plan mayor, ¿me
entiende? Nadie se pone de cabeza a trabajar si no tiene un sueño, ¿sabe? Eso
es lo que nos mantiene con fuerzas y estas pequeñitas tienen una fuerza
increíble. Pero eso usted ya lo sabrá asique avanzaré. Verá, señor. Yo aprendí
a comunicarme con las hormigas, conozco su lenguaje, tal y como mi abuelo lo
conocía. Hablo largas horas con ellas, tirado en el suelo como un niño chico,
las observo, las tomo con cuidado y luego las pongo dentro de esta pecera que
usted ve aquí. Es grandecita, para que caigan todas. En este momento hay 647
hormigas, las conozco a todas y cada una de ellas. Sí, es posible, le juro,
señor. Cuando uno ama su trabajo puede hacer maravillas. Bueno, las conozco a
todas. Les hablo mucho, señor. Mi mujer tiene Alzheimer la pobre y no puedo
hablar mucho con ella porque es tan molesto tener que repetir las cosas que le
cuento una y otra vez porque se le olvidan y me empieza a reclamar, que por qué
no la entiendo, que quién soy yo y que qué hago en su casa. Una cosa caótica,
señor, enserio. Asique bueno, ellas son mi compañía. Nos volvimos tan íntimos
que un buen día, hace ya diez años atrás, me contaron la razón que las motiva a
trabajar tan duro día y noche sin pegar pestaña. Es terrible, pero es su sueño
y las comprendo, señor. Las comprendo porque uno cuando sueña no conoce
razones, sólo conoce el aguante y se alimenta de una fe tremenda que lo vuelve
a uno muy poderoso, señor. Un poder que no se compara al poder que tiene usted,
no me malinterprete, señor. Me refiero a que es un poder que no está dado por
las personas, no. Es una cosa que nace desde lo más profundo de nuestro ser,
algo que nos motiva a hacer frente a la mano de Dios. Algo que nos hace creer
que somos infinitos…
-
Y ¿Qué sería lo que descubrió?-
-Mire,
creo que no sería prudente que se lo dijera así de golpe. Mire, señor. No queda
mucho tiempo… Por favor, evacúe la ciudad de inmediato. Bajo la región está
ocurriendo una cosa tremenda. Muchos morirán, señor. Por lo que más quiera,
haga algo-
El
Intendente se levantó de su escritorio, puso las manos tras su espalda y, a
paso lento, se acercó al hormigólogo que sostenía su pecera de hormigas con las
manos sudorosas.
-Mire,
hombre. Usted tiene una determinación muy rescatable, enserio. Es usted una
persona de esfuerzo y esas cosas el cielo las mira y las premia. Me gustaría
poder ayudarlo, pero nuestro modelo de vida es tan bueno, tan bien pensado, que
nada nos podrá detener. Es perfectible, por supuesto, aún falta hacer muchas
cosas, falta traer mucha tecnología nueva que nos hará ser más aceptados, más
globalizados. ¿Sabe usted lo que es la globalización?-
-No
estoy seguro, señor-
-¿Ve?
Aún nos falta llegar a los pequeños rincones del globo. Aún hay muchas personas
como usted, ignorantes de lo que está sucediendo. Mire, yo le voy a decir algo,
usted es un hombre y entre hombres sabemos que es lo que a uno le hace feliz.
Me contó que su esposa tiene Alzheimer, ¿cierto? Debe de estar tan aburrido,
con tantas ganas de volver a sentirse joven. Mire, pronto llegará un cargamento
de los inventos más cotizados en Europa. Entre ellos, unos lentes de realidad
virtual que lo transportarán a cualquier lugar que usted desee. Imagínese estar
en un crucero por el Caribe, rodeado de mujeres guapas que lo acarician y hasta
le hacen esas cochinadas que usted guarda en su cabeza canosa. No me ponga esa
cara, usted sabe que uno como hombre necesita de esas entretenciones-
-Sí,
señor pero…-
-Nada
de peros, yo me encargaré de que uno de esos llegue hasta su puerta y ya verá
como la vida se le vuelve más colorida. Déjese de andar mirando a esos bichos.
Son solo bichos, no pueden traerle a usted ningún beneficio más que esta locura
que tiene metida en la cabeza. ¿Desgracias? ¿En un país que al fin dejó atrás
al monstruo marxista? ¡No pues, hombre! ¡Si las desgracias pasaron cuando
hicimos desaparecer a toda esa gente! Aún quedan cosas por hacer pero, ya le
dije, todo esto es perfectible. Vaya a su casa tranquilo, mi secretaria le va a
dar una bolsita de esas que regalé en mi campaña y además le hará firmar unos
papeles para que el juguetito que le dije llegue a las puertas de su casa ¿Qué
me dice, hombre?-
-Pero
señor, esto es muy importante. ¡Debe usted evacuar la ciudad lo más pronto
posible!-
-Ya
hombre, vaya tranquilo. ¡Claudita! Claudita, el señor le va a firmar estos
papeles, dele una de esas bolsitas que… ¡Hombre no se vaya, pues! Se va a
arrepentir, oiga. Bueno, nada que hacer. Otro de esos viejos locos. ¿Por qué no
cierra la puerta, Claudita? Hace rato que no me haces uno de tus famosos
cariñitos-
.
. .
Llegó
a su casa, una humilde cabañita que él mismo había construido cuando se casó.
Salió al patio, cavó un agujero en la arcillosa tierra y dejó caer a sus 647
amiguitas. Nerviosas, se metieron en las profundidades de la tierra y no se
asomaron más. El hormigólogo sonrió, estaba orgulloso. Sabía que los años que
había invertido en su oficio no serían en vano. Sin embargo, era humano y la
pena se hacía presente en sus ojos siempre humedecidos.
-¿Quién
eres y qué haces en mi casa?-
-Rosita,
soy yo. ¿Ya me olvidaste otra vez?-
-Sí,
disculpa-
El
viejo miró a su esposa. Estaba vieja, su cabello canoso hacía juego con el de
él. ¿Quién lo diría? La vida se encarga de hacer que las edades desaparezcan.
El viejo pensaba en lo que su madre le había dicho un día: “Si te casas con una
mujer mayor después la vas a tener que cuidar y el hombre no está para eso” Así
había sido, la había tenido que cuidar todo este tiempo. Sin embargo se sentía
feliz. Sí, estaba feliz de haber estado con ella desde que era cabrito.
Recordaba la risa sonrosada de su esposa, su piel tersa y sudada después de
hacer el amor, sus manos que, como dos suaves alas de gorrión acariciaban su
rostro de puberto. La levantó de su mecedora “¿Quieres bailar?” Se aferró a su
figura delgada, casi huesuda, de pechos caídos por el amamantar, de pies
chuecos por el uso de zapatos pequeños. Estaba vieja y fea pero aún la amaba.
Aún sentía un escalofrío recorriendo su espalda cuando sentía su aroma a rosa
silvestre, indomable y apasionada.
-Enrique-
-…-
-Enrique,
te recuerdo. ¡Ahora te recuerdo!-
Bajo
el ritmo de sus pies cansados, la tierra comenzó a mecerse con fuerza.
-Ahora
te recuerdo. Eres Enrique. Estamos enamorados-
Se
besaron como la primera vez que lo habían hecho hace ya tantos años atrás. Se
besaron y, así con los labios pegados, esperaron. Bajo el arcilloso suelo de
Pomaire quedaba enterrado el recuerdo de la vida sencilla que llevara el viejo
junto a su rosa envejecida y a sus queridas amigas de seis patas. Ahora sí, ahora
podía retirarse.
Apuntes sobre la paternidad
Un día me preguntaron “¿Cuántos hijos quieres tener?” Casi me desmayé con la pregunta.
Tomé un sorbo de jugo y pregunté si estaba correcto lo que había escuchado, porque a veces
oigo voces y bueno… “¿Cuántos hijos quieres tener?” repitió la mujer que tenía frente a mí.
Había escuchado bien, no era una broma. Sonreía y esperaba que dijera algo maduro, que
dijera una cifra ¡Cualquiera le servía en ese momento! Me puse nerviosa, claramente era una
pregunta que no se podía hacer con esa soltura, era una insolencia tremenda. Miré a las otras
y me reí a ver si era algún chiste que no había entendido. Todas esperaban. ¡Insólito!
Siempre he creído que el ejercicio de la libertad no puede ser practicado a la sombra de la
paternidad: se priva el macho de beber, se priva la hembra de comprar, se privan los hijos de
reír, se privan las mascotas de pasear, pero el jefe no se priva de pedir estar en primer lugar
y los amigos no se privan de hacerse los locos y la plata no se priva de faltar. Una
contradicción maravillosa que da a luz al acto familiar por excelencia: la discusión. ¡Bendita
sea la discusión! Dos seres humanos reprochándose cosas estúpidas por razones que no tienen
muy claras. Si usted nunca ha discutido, debe saber que discutir es una cosa muy sencilla.
Usted solo debe encontrar algo que a su pareja le disguste y hacerlo. Eso hará que el ego de
su pareja se vea dañado y busque defenderse como si su vida dependiera de ello. ¿Por qué?
Muy fácil: los humanos en pareja desarrollan una enfermedad llamada “Adultez”, que hace
que básicamente crean que son seres humanos completos, que no tienen nada que aprender y
mucho que recibir a causa de los méritos que hacen para conservar la empresa familiar, lo
que hace que se priven de sus reales gustos y aficiones. En la etapa primaria, los humanos en
pareja no desarrollan la “Adultez”, sin embargo, el hongo del egocentrismo puede aparecer
en sus genitales si no se tiene cuidado. Si usted ha notado un olor a podrido mientras le hace
el amor a su pareja, le recomiendo visitar a su médico y hacer un viaje al sur lo más pronto
posible. Continuando con la discusión: cuando haya hecho enojar a su pareja, debe pasar
directamente al acto de confrontación. Esta puede ser directa o indirecta dependiendo del
gusto que usted tenga para ser un concha de su madre. Muy importante nunca bajar la guardia
porque ¿quién quiere que le caiga el yugo de la culpa sobre la espalda? Que tú destruiste la
familia, que tú lapidaste la empresa, que los niños, que los niños… Porque ¿Quién quiere
conservar la palabra en la garganta? ¿Tanto poner morfema sobre morfema, artículo junto a
sustantivo y verbo sobre sujeto para luego llenarse la panza de letras y cagar el odio en el
wáter? No puede ser, si el acto de herir a través de las palabras es muy trabajoso como para
ser desechado de forma tan burda. Debe de haber algún tipo de maldición para quienes
rompan los esquemas de la discusión de tal forma, después de todo, la dignidad que no nos
da el país la queremos recoger lamiendo la sangre del otro.
Los silencios son otro recurso utilizado por las familias. Se puede proponer un mutuo acuerdo
de silencio, se llegue o no a la discusión. Un voto casi, casi que budista. Y digo casi porque
nadie podría juzgar un acto tan humilde como el callar, sino como una cosa religiosa, oriental,
sana. Pero como todo en occidente nos invita a ser protagonistas de nuestra propia historia, somos capaces de hacer del silencio el más agudo grito. Pongo un ejemplo que a cualquier
familia bien constituida le es pan de cada día. Escena: hora de almuerzo, una mamá, un papá,
agréguese una abuela, un abuelo, tío o tía de manera opcional y los infaltables hijos en
singular o plural, en género masculino o femenino (esto no tiene una importancia mayor).
Imagínese una mesa, un mantel, unos individuales, utensilios sobre servilletas, jugo o bebida,
un plato a elección. Ahora por favor imagine la atmósfera de mierda que se crea cuando, de
todos los componentes de la mesa, los únicos que realmente quieren estar allí son los objetos
inanimados. Por favor imagine el sonido de los utensilios rozando los platos, como este ruido
que en el día a día pasa de manera tan desapercibida frente a nuestros oídos, en situaciones
como estas, se vuelve un estrépito de guerra. Imagine, por favor, el rostro de los comensales
cuál de todos más incómodo, mirando su plato como si la carne al jugo con puré fuera la cosa
más interesante del mundo ¡Por favor! ¿Cuántas veces un valiente se ha levantado y ha
hablado en nombre de todos los presentes diciendo: “terminemos con la farsa, comamos cada
uno en nuestros dormitorios, escuchando la música que nos gusta, cultivando el silencio de
manera legítima y honesta”? Pero claro, ahí saltaría la abuela diciendo “Pero mijito, la familia
debe de estar unida” y la mamá ahí “Dile a tu papá que se vaya a comer a la pieza si el empezó
con los problemas” y el papá, obvio “Ya te pedí perdón ¿qué más quieres, mujer?” Y el hijo
o la hija se va a la pieza y escucha el llanterío que queda tras de sí y se culpa, se culpa por
estar todavía en la Universidad, se culpa por no tener los cojones para irse de la casa pronto
porque no le quiere dar de comer a la angustia del salir a trabajar para recolectar el pan y el
arriendo, el pan, el arriendo y las cuentas, el pan, el arriendo, las cuentas y los carretes… Y
se pregunta en medio de su locura antisistema “¿Cómo puede existir una cosa tan cínica como
la familia?” Busca entre su mochila a ver si queda un poco de yerbabuena y sale a la plaza a
pegarse unas quemadas para olvidar lo malo, para quedarse pegado en rato entre los pliegues
de su polera, entre el canto de las pocas aves que se pierden en la ciudad, para estimular su
tacto con la textura del pasto y acariciarlo cual pecho de mujer. Mira las nubes, desea
arrancarse y entre tanto y tanto pensar decide quedarse dormido para ver si en sus sueños se
dibuja una realidad menos absurda que la que le tocó vivir en esta vida…
“Ya poh, amiga, ¡Tan atadosa que me saliste!” Todas rieron estrepitosamente “¿Cuántos hijos
quieres tener?” La pregunta me sacó del trance en que había estado quizás cuánto tiempo. La
miré a los ojos nuevamente, miré los rostros de las féminas ahí presentes, estaban ansiosas
por saber mis planes familiares. Todas habían dicho sus cifras, los posibles nombres con los
que bautizarían a sus creaciones humanas, la forma y color del vestido de matrimonio, la
carrera que seguirían sus hijos, todo perfectamente calculado. Me cagué de la risa como una
cabra chica a la que le hacen cosquillas. Me paré de la mesa, “Veinte” les dije y abandoné
las amistades femeninas por un largo, largo tiempo.
El loco y el metro
Lo
que les voy a contar es una historia real que ocurrió en la ciudad de Santiago.
Estaba yo aún joven y llena de sueños cuando tomaba el metro todos los días en
dirección a Plaza de Maipú para llegar a mi liceo. Las arrugas no se me asomaban
aún y el cabello me lo entintaba de color chinita, eran otros tiempos de los
que mucha memoria guardo. ¿Les dije que es una historia real? Lo siento, la
memoria con los años se agujerea y como colador descompuesto desecha los
tallarines y conserva el almidón. Estaba yo en el metro en un horario en el que
los habitantes de Santiago estaban obligados a meterse como ganado dentro de
los trenes, se empujaban sin control con la llegada del tren que tenía un color
como del cielo. El guardia de la estación inútilmente gritaba: “¡Detrás de la
línea amarilla por favor!” pero era una cosa terrible la necesidad de llegar
pronto al trabajo, después de todo debíamos pagar el gran televisor, el celular
que es una cosa en caso de emergencia, claro, y como la tecnología avanza a
pasos agigantados sin el internet no podríamos tener amigos, ni anécdotas, ni
comentarios bajo nuestro rostro sonriente asique se le contrata el plan a la
hija y al hijo también porque a la hermanita debe cuidarla, señor, usted será
padre de familia un día y deberá cuidar a sus hijas de los violadores, no me
conteste señor, usted es un hombre y se pone el terno y se va a la oficina,
mierda. Así eran los papás en esos tiempos, grandes hombres, pero aún chapados
a la antigua, cargando los miedos de los viejos más viejos que yo. Así eran y
así se murieron muchos de ellos.
Llegaba
el tren y abría sus puertas “¡Deje bajar antes de subir!” vociferaba el
guardia, “¡Deje bajar, por favor!” y como si los gritos dieran la bendita
partida, nos metíamos corriendo ¡qué digo corriendo! Volando como si alas
tuviéramos todos y tuviésemos que emigrar lejos de nuestros pensamientos, lejos
de la soledad que nos encerraba en nuestras piezas, lejos, lejos de todo para
estar cerca, muy cerca de otros humanos y odiarlos como dios manda. Entre
manotazos y empujones lográbamos hacernos un lugar en ese nuevo mundo dentro
del tren. Cuidábamos de no caernos, sujetados de los fierros o de las paredes,
como pudiéramos, era una cosa terrible, de veras les digo. A veces no había
lugar y debías rogar al cielo que no veíamos nunca que no te cayeras, que por
lo más grande no te fueras a dar contra el suelo porque al jefe no le gustaba
la apariencia de fracaso y el director te revisaba los zapatos lustrados o
anotación negativa, pero director, me caí en el metro, de veras no quiero una
anotación negativa, no señorita, una dama siempre anda limpia, aprenda a ser
una buena mujer y había que callarse la boca porque a nosotras nadie nos
escuchaba. Les juro que así era, la memoria me falla a veces pero estas cosas
yo las viví y las llevo tatuadas en la lengua.
Nos afirmábamos pero en ocasiones no había
espacio y te las aguantabas aunque te haya salido caro el pasaje, enserio, la
gente pagaba por sufrir. Cierto día estaba yo yendo al liceo sin mis audífonos
puestos, condenada a un silencio ridículamente aburrido dentro del fétido tren,
cuando un hombre se subió en estación San Joaquín. Se abrió paso entre la gente
pidiendo disculpas y se encontró con un bendito espacio vacío pero sin lugar
donde afirmarse. Pensé “Pobrecito, de nada le valió subirse” Sin embargo el
hombrecito no se dejó amedrentar por aquel destino cruel y, valiéndose de su
voz como único recurso para torcer su suerte, se acercó a un empresario de esos
que aún no ganan más que su mamá limpiando el baño pero que se creen dueños del
sol y le dijo: “Disculpe señor, es una corbata muy bella esa que tiene
asfixiándole el cuello. No lo digo sólo por decir, señor, no. Mire, yo tengo
una vista bien fina y le digo, esos diseños son muy difíciles de combinar pero
usted ha logrado vestirse a la perfección, señor. Esa camisa verdosa va muy
bien con esta corbata, señor, mucha clase, mucha calidad.” El empresario,
visiblemente perturbado pero al mismo tiempo halagado por las palabras del desconocido
le dio las gracias y volvió a mirar al frente. “Señor, disculpe pero esa
corbata es realmente bella. Disculpe pero… ¿me dejaría tocarla un momento?”
Pasando sus dedos por la costosa corbata movía su cabeza como elogiando
mudamente al creador de este pequeño accesorio. “Muy buena calidad, mucha
firmeza, esta pieza de tela de veras que es algo muy valioso. Señor, disculpe,
¿me dejaría sujetarme de su corbata? Usted sabe lo movidos que son los viajes
en metro y usted tiene una corbata muy firme aquí.” Sudando, el empresario
intentó replicar algo hiriente, algo que alejara a ese extraño adefesio de su
vista. Ya lo había hecho antes, ya había dejado a su madre llorando en casa
luego de decirle que no era más que una empleada doméstica, una sirvienta pobre
que agradecía el pan mientras que él labraba su futuro como los grandes, como
los que no se conforman con la marraqueta a la hora de once sino con la
panadería completa, eso quiero mamá, quiero la panadería completa, quiero
comerme todo el pan de Santiago, de Chile, del mundo, no como ustedes unos
pobres obreros, yo seré jefe, seré un hombre poderoso que se pudrirá en el oro
que sale de sus dedos, no como ustedes que se pudren en su pobreza. ¿Qué lo
hacía dudar ante tan absurda petición? ¡Era evidente que ese hombre estaba
loco! ¿Cómo se hiere a los locos? ¿Cómo se los deja llorando como a una madre defraudada
de su propia creación? Sin saber qué hacer sudaba mojando la camisa. “Señor, no
sude, señor, mire que estas corbatas se achican con el agua fría. ¿Puedo
sujetarme, señor? El tren ya va a dar uno de esos remezones malditos, señor.” Y
con un gesto casi mecánico, el empresario asintió con la cabeza dejando que el
loco se afirmara de su corbata. Así se fueron por casi dos estaciones, el uno
tieso mirando hacia en frente y el otro feliz de sentirse seguro en su ida al
trabajo. Cuando el empresario se bajó en Baquedano, el loco desconocido se
quedó sin un lugar del cual afirmarse otra vez.
Junto
a él se paró una señora rubia artificial luciendo un collar de perlas
blanquísimas y yo pensé “Ahí va a ir de nuevo, le va a insistir a la señora.”
Pero mis pensamientos estaban muy equivocados, en vez de eso se dirigió a una
colombiana morenita que estaba frente a él y le dijo: “Disculpe dama, usted
tiene unos rasgos muy bonitos, de una belleza que acá en Chile no se ve ni se
aprecia con frecuencia.” La colombiana le dijo pues que muchas gracias, que acá
se le discriminaba más que lo que se la elogiaba con tanta educación. “Sus
labios, señorita, son muy bellos, muy grandes y carnosos, evidentemente bellos
e hidratados.” La mujer, con desconfianza, le dio las gracias y calló
secamente. “Señorita, disculpe pero ¿podría yo sujetarme de sus labios? Se ven
tan firmes y yo aquí me tambaleo más que trompo en fiestas patrias, señorita,
por favor ¿Podría afirmarme de ellos sólo un momento?” Ante tan amable petición
la mujer no dudó un segundo, pensó que la costumbre en este país era así y que
quizás iba a ser bien visto por los demás. Tal vez de esta forma estaría
haciendo un acto revolucionario, un acto pequeño pero que podría cambiar la
realidad de miles de extranjeros que llegaban a Chile con el sueño de construir
una vida mejor para ellos mismos y para sus compatriotas que sufrían secuestros
allá en sus preciosas y violadas tierras. Y así se fue el desconocido,
nuevamente afirmado y con una sonrisa de oreja a oreja que no se la quitaba ni
el remesón más fuerte que diera el metro.
Cuando la colombiana se bajó en Plaza
de Armas yo pensé “Hasta aquí llegó su cómodo viaje, ahora le tocará pegarse
unos tropezones como nos toca a todos los que no estamos locos.” Y mientras
pensaba en esto se acercó a mí con su sonrisa amable. Pensé en que nadie podría
torcer la dureza de mi juventud, mi boca estaba preparada para articular algún
insulto intelectual que lo dejara sin recursos de convencimiento, no me iba a
pescar, pensaba, no iba a lograr doblegar mi voluntad con un halago de esos que
se le dicen a cualquiera. Se me acercó y, les digo, yo tenía un libro de ideas
con las que le podía negar todo lo que pudiese decirme, se me acercó y me dijo:
“Usted tiene un cabello pintado como las chinitas y una mirada de adolescente
arrogante que me parecen he visto antes, no quisiera tener que afirmarme de una
mujer como usted nunca jamás en mi vida, señorita. Usted es de esas que pegan
el grito en el cielo si se les hace lo que no se debe, de esas que saben torcer
la voluntad de uno cuando se les intenta controlar, usted, señorita, usted me
da asco. Preferiría caerme a tener que tocar alguna parte de ese cuerpo al que
usted ha sabido dar valor propio sin necesidad de nadie más que de la voz de su
conciencia. Usted será un fracaso, señorita, un enorme fracaso y lo será en
mayúsculas. Sus hijos le darán la espalda, sus padres llorarán de frustración al
ver su futuro de caminante libre, usted, señorita, usted me da un asco
tremendo.” Al oír sus palabras me llené de una rabia incontrolable ¿Qué se
creía ese ser que estaba parado frente a mí? ¿Creía que iba a dejar pasar un discurso tan
repugnante como aquel? No, no. Ustedes saben que soy arrogante y olvidadiza,
pero no me olvidaré nunca de la cachetada que le di en el rostro a ese
insolente desconocido, fue una cachetada tan fuerte que se le giró todo el
cuerpo y se desplomó en el piso. Todos los pasajeros miraron la escena y
comenzaron a levantar sus voces, algunos relatando lo ocurrido a los que
estaban más lejos, otros insultándome sin piedad. Una señora incluso dejó su
asiento y fue a levantar al pobre hombre que estos adolescentes de mierda, no
se les seca el ombligo aún y andan dañando a los pobres trabajadores como una,
venga que usted necesita este asiento más que yo, venga mijito póngase cómodo,
si usted me recuerda a mi hijo que se murió cuando tenía su edad, le dio un
infarto y hasta ahí no más llegamos ¿Quiere más agüita?
Y
así fue como al bajarme en Quinta Normal pude ver que el loco hombre
desconocido se iba sentado en el tren repleto, con las piernas estiradas y
apoyadas sobre las piernas de un viejito calvo que le limpiaba los zapatos
mientras que algunas mujeres masajeaban sus hombros y lo alimentaban con pan
amasado hecho por sus propias y arrugadas manos. Levanté mi dedo de en medio
antes de que el tren se fuera pero lejos de ofenderse por mi gesto, me mandó un
beso y se despidió agitando la mano con esa sonrisa que pocas veces te
encuentras viviendo en la ciudad de Santiago.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



